El “devenir resiliencia”

En esta nota Bernabé De Vinsenci cuestiona la asociación automática de la superación personal como algo bueno y deseable. La sección “Estilo de vida” de “Locura en Argentina” a diferencia del enfoque editorial en los medios masivos de comunicación, propone pensar literalmente nuestros estilos de vida actuales, para imaginar otros horizontes posibles.

El capitalismo en su modus operandi arrastra consigo, hasta lo que se autoconfirma como más contestatario. Eso que supo ocupar los márgenes ahora sucumbe en el epicentro.

Una de las cosas más llamativas de estas es la «resiliencia» que nace a caballo de la autoayuda y la divulgación psicoanalítica. Los que la profesan instan a diestra y siniestra que hay que «lucir una mente combativa» y «ejemplar tras haber pasado turbulencias». Lo que arrastra consigo esta palabra devenida pakaging del capitalismo es el ser un meritócrata de la mente. Escalonar de «no poder levantarse de la cama» a mostrar selfies en el gym. El trofeo de la resiliencia es «ejemplificador» y se traduce a «si yo pude, vos también podés».

El uso actual que se hace de la resiliencia universaliza y tiraniza a los cuerpos afectados por dolencias anímicas o físicas, tan infinitas y dispares como galaxias hay en el espacio, a que respondan a «lucir una mente sana». El premio de la resiliencia es que puedas contar tu experiencia y mostrar al entorno que es capaz de volverse un «capacitista en el eslabón del status de la normalidad».

Estar un poco oprimido (aunque nadie sepa de su opresión) es que todos deseemos más o menos igual. Que nuestra asociación libre de ideas sea más o menos igual. Si la palabra «árbol» nos hace pensar en un tronco y una corteza, y no, por ejemplo, en cualquier otra cosa, es porque el lenguaje actúa bajo la percepción normativizada. Lo que adscribe como «mente sana». Porque el sistema nos enseña que des-automatizar la percepción es producto de una mente que no funciona bien.

Pero volviendo, ya existe un estereotipo de «ser resiliente», una producción en serie de auto-sacrificados para lograr la tan deseada aceptación, como por ejemplo la foto en el gym, las frases motivacionales, la espiritualización, el Zen, el estilo de vida disciplinado. Habría que preguntarse (o al menos da curiosidad) qué hay detrás de esa «vidriera de la aceptación».

No hay resiliencia sin cuotas de sacrificio, sin performatividad, sin proyectar que se «está pudiendo» o «se pudo». La vía meritócrata del psiquismo es una ofrenda para ser «aceptados», «celebrados», pero en los cimientos del capacitismo. Lo que anula la posibilidad de hacer de una afectación de tristeza, el uso espectacular de la imaginación. Podríamos devenir otra cosa que «ejemplo».

Cada persona sabe lo que puede después de haber atravesado su pantano. Se me ocurre que hacemos una proyección bastante unívoca de nosotros, o lo intentamos. Porque esa proyección tiene por objetivo que «no nos dejen excluidos». Tal vez se nos exige que «riamos», «seamos felices» y «soñemos» pero con el baulero que tiene este capitalismo ya prediseñado en causas-efectos.

Tal vez se debería romper los efectos de esas causas, bien prescriptas. Y lanzarnos a una fuga, en donde ya no devenimos «resilientes» sino excluidos que salen a la calle con un megáfono a decir lo que se les canta o que, sin ser músicos, sin saber tocar un instrumento, armar una banda de música. Parece que devenir «resiliente» no es más que asumir la derrota y ser correlativo a los efectos de una causa que ya estaba prediseñada.


Se agradecen las colaboraciones económicas al alias del autor de esta nota: berna1993

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